Monterrey, NL

El concierto “Etérea” se vivió como una experiencia de escucha profunda y atmósferas delicadamente construidas la tarde del 8 de marzo en el auditorio del Museo de Historia Mexicana.

El público se reunió para conmemorar el Día Internacional de la Mujer a través de un programa que entrelazó creación musical, sensibilidad escénica y reflexión colectiva.

La sala, íntima y de cercanía acústica, permitió que cada matiz sonoro se percibiera con claridad, generando un ambiente de concentración y quietud que acompañó el desarrollo del concierto.

En escena, el cuarteto conformado por Tatiana Fresnillo en el clarinete, Paulina Fuentes en la flauta, Aurora González en la voz y Alondra Ayala en la percusión, construyó un diálogo sonoro de gran sutileza tímbrica.

Desde los primeros momentos del programa se percibió un cuidado especial por la respiración musical: las intérpretes no solo ejecutaban las obras, sino que parecían escucharse entre sí, permitiendo que cada entrada, cada resonancia y cada silencio adquiriera significado.

La velada inició con Ima, de Anat Cohen, una pieza que encontró en el clarinete un vehículo expresivo particularmente cálido. Las frases melódicas se desplegaron con un carácter íntimo, casi narrativo, mientras la flauta respondía con líneas suaves que ampliaban la textura.

La transición hacia After Colors, condujo al público a una atmósfera distinta: un territorio sonoro de transformación.

En esta obra, los instrumentos se entrelazaron en capas que cambiaban gradualmente de color y densidad. El momento culminante llegó con Etérea, la creación colectiva dirigida por Tatiana Fresnillo, donde la propuesta escénica adquirió un carácter aún más envolvente.

La obra se construyó a partir de gestos musicales mínimos: respiraciones amplificadas, sonidos de aire en los instrumentos de viento, vocalizaciones suaves y percusiones que parecían surgir del espacio mismo.

La interacción entre las intérpretes fue clave; sus movimientos, miradas y desplazamientos dentro del escenario formaron parte de la composición, haciendo que música, cuerpo y silencio se integraran en una misma experiencia.

Más que un concierto convencional, “Etérea” se convirtió en un espacio de contemplación colectiva.

La escucha compartida transformó el auditorio en un territorio de resonancia emocional donde cada sonido, por mínimo que fuera, encontraba eco en la atención del público.

Al final, el silencio que siguió a la última nota resultó tan elocuente como la música misma, confirmando que la experiencia había trascendido la simple interpretación para convertirse en un acto de memoria, presencia y encuentro.

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